REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 10 de Mayo de 2009

Sobredosis de libros en Londres

Con 46 horas para conocer la capital inglesa, Alberto Fuguet decidió no ir al Big Ben para recorrer las librerías imprescindibles de Londres.
1: ACERCA DE LOS QUE LEEN EN EL METRO

Tengo exactamente 46 horas para estar en Londres.

Primera vez que estoy acá y debo/quiero conocer la ex capital del imperio donde el sol nunca se ponía.

Miro a mi alrededor y ya todo me gusta.

Los buses son, en efecto, rojos y de dos pisos.

Estoy en la estación terminal de King's Cross. Me subí en un tren en Cambridge y, poco a poco, éste se fue llenando de hinchas del Arsenal que se bajaron un par de estaciones antes. Para no ser distinto, para no ir en contra de los consejos de los demás, decido ir a mi hotel cerca de Covent Garden en the tube. Me preocupa ser el único con una maleta y se me ocurre que quizás podría molestar al resto de los pasajeros.

Error.

Este domingo casi todos andan con maletas y el idioma ruso choca con el español de España más el inglés americano y el italiano. Los turistas en el metro andan con maletas o con guías de Londres, pequeñas o grandes. Hay muchos turistas en Londres con maletas o con guías o con las dos. El resto de la gente que anda en metro, sean de la raza o la pinta que sean, son ingleses. Para saber quién es londinense, no es necesario escucharlos hablar. Es cosa de fijarse: si leen, son londinenses.

Hay muchos londinenses en este línea azul llamada Picadilly.

Andar en the tube no sólo sirve para enterarse de todo tipo de noticias, desde las tabloidescas de Fleet Street hasta las que creen pertinentes The Financial Times o The Guardian, sino que uno ve, en vivo, de cerca, la lista de los finalistas del Booker Award.

Aquí se lee de verdad y se lee todo tipo de libros.

En Londres no todo es Crepúsculo.

Llego a mi hotel. La ciudad brilla con sol y la gente está sobre excitada con el clima. De hecho hay una maratón: demasiada gente flaca en shorts invadiéndolo todo.

Me quedan 45 horas.

Abro un mapa.

Dónde ir, qué hacer, cómo conocer Londres en 44 horas y treinta minutos. Me tomó un té y decido optar por lo sano. No conoceré Londres. Lo que haré será leer.

Las horas que me quedan me dedicaré a recorrer, conocer, hojear, mirar y oler librerías. Si hay una ciudad ideal para hacerlo, me dicen, es ésta.

Veamos.

2: ACERCA DE LA CALLE DE LOS LIBROS

Hace años vi una película más bien clásica, lo que en esa época se llamaba "cine de calidad", con Anne Bancroft y Anthony Hopkins, llamada Nunca te vi, siempre te amé. Era la historia del lazo epistolar entre una escritora neoyorquina y un librero londinense desde inmediatamente después de la Segunda Guerra hasta los setenta, es decir, pre Amazon. La película está basada en el libro autobiográfico de Helen Hanff que, saciando su adicción por primeras ediciones o títulos usados, termina enamorándose de un librero al que nunca conoció. La cinta en inglés se llama 84 Charing Cross Road que es la dirección de Marks & Co., la librería de segunda mano que abastecía a Hanff.

Decido ir, primero, a 84 Charing Cross Road.

La dirección no existe y la librería tampoco. Al lado de un restorán tipo fusión con estética fashion hay una placa redonda de bronce que dice que aquí estaba el número 84 y la librería Marks & Co., inmortalizada en la película del mismo nombre.

Ya me cae bien esta ciudad.

Charing Cross Road está en pleno barrio turístico, cruza el West End de los teatros y pasa por el SoHo y Chinatown. Parte en Trafalgar, donde está The National Portrait Gallery, tiene un par de teatros de primera (uno da Madame de Sade, con dame Judi Dench) y a medida que se acerca a Tottenham Court se colocan más Tercer Mundo/Globalización Ilegal. Quizás ya no está Marks & Co. pero los libros sobran en Charing Cross, lo que la transforma en una suerte de Broadway literaria. Bookends, en el número 104, sostiene que es la heredera de la librería de Hopkins. No sé si será cierto, pero no está nada de mal y cuando uno entra de inmediato se topa con libros que quisiera comprar. Lo bueno de Bookends y de casi todas las librerías usadas a las que entré es que, a pesar de estar en Londres, cobran precios de librería de segunda mano. Una libra, dos, quizás tres. No todos son libros usados, además. Acercándose a Trafalgar, hay un callejón peatonal que llega a ser sospechosamente lindo y perfectillo llamado Cecil Court, donde las pequeñas librerías tienen el nombre de sus dueños (P.J. Hilton, Peter Ellis, Nigel Williams) y más que libreros se consideran antiquarians y cobran como tales. Todo es mucho más bonito y ordenado y los libros tienden a ser de tapa dura y en perfecto estado. Algunos incluso están firmados. Los tipos saben lo que tienen y tienen títulos que llegan a conmover.

3: ACERCA DE FOYLES

En Charing Cross queda la vitrina de Murder One, la célebre librería dedicada a la novela negra. Koening Books tiene mucho libro caro de diseño, fotografía y gráfica y adentro todos los que hojean los libros parecen tener padres ricos. Al lado está Blackwell's, una gran, gran librería en problemas porque una cuadra más arriba hay una guerra: Border's (con un Starbuck's dentro) frente a Foyles. El imperio americano escupiendo a la resistencia inglesa.

No entré a Border's.

Foyles me conquistó antes.

Foyles, desde ahora, mi librería favorita. El café (Ray's Jazz and the Café) está en un subterráneo y el edificio es de ladrillo. Foyles no es una cadena aunque ahora tiene una pequeña sucursal en la ribera sureña cool del Támesis, al otro lado del Millenium Bridge. Foyles tiene inmensas vitrinas que celebran a Shakespeare y el "ser inglés". Durante décadas fue la librería más grande del mundo en cuanto a metraje de estanterías. Dos hermanos la fundaron hace más de 100 años pero aquí no se siente el peso de la historia, sino la libertad de la creatividad. Foyles no sólo es brillante al ordenar alfabéticamente, con grande letras para indicar cuando llegaste a la N o la P, sino que inventa mesas excéntricas y notables: desde una para novelas sobre Londres (Amis, Dickens, Zadie Smith) a otra de novelas ligadas a perros (Haddon, Auster) hasta una de libros buenos con portadas feas ('¡no juzgues un libro por su color!'). Notable y adictiva.

Cuando en el futuro piense en Londres, pensaré en Foyles y creo que sonreiré. Tomo los libros que compré ahí y anoto, con mi lápiz grafito de Foleys, que fueron comprados en Londres, en Foyles.

4: ACERCA DE LA LIBRERÍA DEL VIAJERO

Llueve.

Qué mejor que esconderse en una librería. Decido conocer la famosa Waterstone's de Picadilly Circus. A pasos de la locura turística, una vez dentro de Waterstone's sientes que eres la única persona en Londres. Waterstone's, con cinco pisos y un restorán poco literario con vista la ciudad, es la cadena londinense de libros más importante y ésta, su silenciosa tienda matriz, tiene algo sagrado.

De vuelta en el metro, de nuevo todos leyendo. Cuento tres mujeres con el mismo libro acerca de tamarindos verdes que parece divertido y concluyo que Bridget Jones ya tuvo su momento. Aún así: mi destino es muy chic-lit. Mi destino es Notting Hill, un barrio que era multicultural cuando, no hace mucho, esa palabra significaba peligro y tensión. Voy porque vi la película Notting Hill en la cual Julia Roberts, haciendo un poco de Julia Roberts, es una actriz famosa que se esconde en una librería cuyo dueño es Hugh Grant. En rigor, la librería no existe pero está claramente basada en una que está a unas dos cuadras de la de Hugh Grant que fue situada en Portobello Road, una calle que desea ser un mercado popular y "una vía con onda" al mismo tiempo. La librería en que se inspiraron está en una calle transversal: Blenheim Crescent, en "the Royal Borough of Kensington". La calle es quizás demasiado cute pero te conquista igual justamente por eso: parece un set. Además, que en una cuadra haya tres librerías especializadas (y se supone que estamos en un barrio residencial alejado del centro), la redime de toda aspiración turística. Que alguna de esas librerías tengan nombres tan poco creativos y dignamente genéricos como Books for Cooks (puros libros de cocina) le da más puntos. Mi destino está por ahí y sigue lloviendo y es hora de almuerzo y en la librería que busco no hay nadie, excepto un muy relajado tipo con pinta de cantante indie con el pelo severamente teñido de negro-azul que lee, con una calma emo, un libro de Bruce Chatwin. Claramente ésta es The Travel Bookshop. La librería huele a mapas viejos y al deseo de conocer o escapar. Inglaterra es una isla, sí, pero siempre han estado interesados en conocer y acaso conquistar el mundo. Parte de la tradición inglesa, y de la literatura inglesa en sí, es escribir acerca del extranjero, de esas habitaciones con vistas, de esos caminos sin ley. La librería tiene guías y atlas y memorias de viajes pero lo más impresionante de nuevo tiene que ver con el orden. Cada región y casi todo país tiene su lugar pero ahí, donde otros tendría sólo guías, en The Travel Bookshop hay novelas que tienen que ver con esos países. Libros de autores de esos países o, más que nada, novelas y libros de extranjeros acerca de esos países. Impresiona la cantidad de ingleses que han escrito acerca de México. Compro Journey without maps de Graham Greene con una introducción de Paul Theroux y Paradise with serpents, un libro de un tal Robert Carver que subtitula Viajes en mundo perdido de Paraguay.

En cinco horas más debo subirme al metro para ir al aeropuerto de Heathrow. Camino a la estación encuentro una librería sin nombre aparente. Books and Comics Exchange. Ingreso. Revistas de cine viejas, biografías, Cormac McCarthy a una libra. El local huele a pescado frito, abrigos mojados y papel seco. Suena Joy Division. El acto de comprar es un acto de satisfacción del deseo, pienso. Comprar, más allá del dinero, es complicado: es un rito, te atonta, a veces te enrabia y te drena de toda la energía. Estoy cansado, mareado, no quiero más libros. Ahora quiero ciudad.

Miro la hora. Me quedan dos horas, he perdido el tiempo. ¿O se me ha ido? ¿Dónde se ha ido?

¿Qué he conocido de Londres? Casi nada. Y casi todo.

El avión despega.

Abro uno de mis libros nuevos. Dice Londres 09.

Sonrío.

No es necesario escucharlos hablar. Es cosa de fijarse: si leen, son londineses.


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Camino al aeropuerto, en Londres se encuentran librerías entrañables.
Camino al aeropuerto, en Londres se encuentran librerías entrañables.
Foto:alberto fuguet


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